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YORMAN MEJÍAS: LA ESTÉTICA DEL SEDIMENTO Y LA PACIENCIA DEL VERBO

Por: Vanileiby Rivas
En el panorama de la literatura venezolana contemporánea, la figura de
Yorman Mejías (Valencia, 1986) emerge no como la de un autor
apresurado por la vigencia editorial, sino como la de un orfebre que
entiende que la palabra, al igual que los buenos licores, requiere de una
necesaria maceración. Hijo de Arturo Acosta y Maritza Mejías, y forjado
bajo el ala protectora de su tía Nélida Mejias tras la separación de sus
padres, Mejías transformó su temprana voracidad lectora en una carrera
académica en la Universidad de Carabobo, donde la educación y las
letras se convirtieron en su hoja de ruta.

La escritura como acto de maceración
Para Mejías, publicar no es un trámite, sino una entrega meticulosa. Con
cuatro títulos en su haber —que transitan desde el microrrelato, el cuento
con obras como Ipux y el alux—, y su más reciente publicación el
poemario «Deslave» el autor confiesa poseer un tesoro de novelas y
textos inéditos que aguardan en el silencio de su archivo. «Soy
meticuloso; trato de no publicar lo que acabo de terminar», afirma con una
convicción que desafía la inmediatez de nuestra era. Su método es
orgánico: el texto debe reposar, madurar y someterse a la prueba del
oído. Si al leer en voz alta el cuerpo rechaza el ritmo, la palabra se
sustituye. La literatura, para él, es un organismo vivo que expulsa lo que
no le pertenece.

El espejo de la condición humana
La poética de Mejías no elude la realidad; la amplifica. Define a la
literatura como un «espejo que refleja o interpreta lo que estamos
viviendo», una construcción autónoma de la belleza que no teme a lo
obsceno, lo exótico o lo descarnado. Su pluma es un acto de «egoísmo
sublime»: escribe porque tiene algo que decir, sin concesiones
pedagógicas hacia el lector, poblando sus textos de claves y pistas que
solo los más atentos sabrán descifrar.

Aunque reconoce la influencia de titanes como Cortázar, García Márquez,
Rulfo, Pizarnik u Otero Silva, Mejías marca una distancia saludable. Los
lee y relee para luego alejarse, protegiendo esa voz propia que busca ser,
esencialmente, Yorman Mejías.

«Deslave»: Una geología del alma
Su más reciente obra, Deslave, es el resultado de 15 años de
decantación. Inspirado por la huella imborrable que dejó la tragedia de
Vargas en 1998 en su psique adolescente, el poemario se estructura
como un fenómeno de la naturaleza que arrasa y reconstruye:
Agua: El inicio de la tormenta, donde el autor explora el amor, las
lágrimas y la fluidez de la existencia.

Tierra y Roca: El segmento más denso y violento. Aquí, Mejías
transforma la brutalidad de la muerte, la crítica social y el dolor de los
desaparecidos en «belleza poética». Es el impacto de lo que golpea y
destruye.

Ramas, Raíces y Hojas: Una mirada hacia la identidad, la patria, la
naturaleza y las heridas abiertas de la diáspora.

Aire: El resuello final. Tras la catástrofe, llega la calma intelectual. Un
espacio para la búsqueda del ser, la filosofía y la abstracción pura.
La inspiración de Mejías es tan cambiante como el hombre mismo. Puede
nacer de una injusticia presenciada en la fila de un banco —el
menosprecio a un anciano que clama ser visibilizado— o de la
observación del paisaje herido.
Con Deslave, Yorman Mejías no solo entrega un libro; entrega un
testimonio de supervivencia estética, demostrando que incluso de la
tragedia más profunda, el arte es capaz de extraer una forma perdurable
de belleza.

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