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REFLEXION EN CLAVE DE EVANGELIO EVANG. SAN JUAN 20: 1-18

Hermanos y hermanas en Cristo, ¡Aleluya! Cristo ha resucitado,
¡verdadera y realmente ha resucitado! Aleluya.
Imaginemos el amanecer del primer día de la semana. María
Magdalena corre al sepulcro en la penumbra, con el corazón hecho
pedazos. «Se han llevado a mi Señor, ¡y no sé dónde lo han puesto!»
(Jn 20:13). Sus lágrimas son las nuestras: el peso de la noche que
parece no acabar, las tumbas selladas de nuestras esperanzas
rotas.
En este mundo de hoy, ¿quién no conoce esa oscuridad? Crisis
económicas que vacían mesas, enfermedades que roban sonrisas,
migraciones que parten familias, miedos que paralizan el alma.
¿Dónde está Dios en medio del caos? ¿Por qué el silencio?
Pero mirad: la piedra rodada, el sepulcro vacío. Los ángeles
preguntan: «¿Por qué buscáis entre muertos al que vive?» (Jn 20:14-
15, cf. Lc 24:5). Y entonces, Jesús resucitado se hace presente, no
como fantasma lejano, sino vivo, cercano. «¡María!» (Jn 20:16). Ese
nombre, dicho con ternura, lo cambia todo.
De confusión a reconocimiento, de luto a gozo explosivo. «¡Rabboni!»
Ella toca la realidad: la muerte derrotada, la vida victoriosa. Jesús la
envía: «Ve a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y vuestro
Padre» (Jn 20:17). La Resurrección no es un cuento piadoso; es la
Buena Nueva que irrumpe en nuestra historia. Cristo vence la cruz
definitiva: el pecado, la muerte, el sufrimiento.
Él transforma sepulcros en jardines de esperanza.
¡Qué noticia para los desafíos de hoy! En este mundo, donde el
hambre aprieta los estómagos y la incertidumbre ahoga sueños,
Jesús proclama: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11:25).
Ninguna crisis es el final.
Él resucita naciones, familias, corazones. Como María, salgamos
corriendo: «¡He visto al Señor!» (Jn 20:18). En el vecino
desamparado, en la oración de la noche, en el pan compartido pese
a la escasez, él nos llama por nombre. La luz amanece sobre
tinieblas: escasez se vuelve abundancia de fe, desarraigo se
transforma en comunidad, muerte en vida eterna.
¡Levántate, pueblo amado! La tumba vacía grita libertad. Cristo vive,
y en él nosotros vivimos. Portemos esta alegría pascual a cada
rincón herido. ¡Aleluya! La esperanza renace hoy, aquí, para
siempre.
Pastor. Oscar E. Salazar R.

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